Cándida,
caudalosa,
bate tu luz su sangre en mi saliva;
vertiente profusa de claridades
hundida entre mi voz y mi sombra…
Mi lengua es rocío de tu nombre,
amparo de su cósmico torrente;
mi propio curso y desembocadura;
carne desbordada,
ahogándose en un suspiro largo y refulgente…
La noche dibuja premisas, deseos y huellas;
remotos silencios que atisban el mañana…
La poesía profunda se nos revela
en un ir y venir infinito…
Se arrima el tacto a tu fuego sensitivo;
me circunda su melodía de pájaros
y me deslizo
por ese afán incendiario
que deja prendido al viento
el rubor de mi alma…
Elevada,
siento latir la tierra;
hundirme en la mágica fragancia
que hace arder mi pecho
y me recuerda el ancestral sustento
que siempre me señala…
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