plantar el germen
de la curiosidad
sin quedarse quieto...
E ingenioso,
mejor que nadie,
a ras del silencio,
hacer saltar la alarmas
de mis ojos
para brotar entre mis dedos...
Con entusiasmo locuaz,
captar las percepciones
de cada dimensión de mi universo,
mientras acepto participar
en la gresca hedónica
resultante...
Los labios aprietan el instante
que comprende,
a cabalidad,
la mecánica de tu espíritu,
cuando la espiga transgrede
el intervalo de mi lengua
y, sin más,
se lleva por delante
el telón de juicio...
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